Una silla ergonómica trabaja dos cosas muy bien: el ángulo del respaldo y el apoyo lumbar. Es decir, se ocupa de tu espalda.
Lo que no toca, ni la más cara, es cómo se reparte tu peso en el asiento.
Y ahí está el detalle que me faltaba: sentado, casi todo el peso del tronco cae sobre dos puntos óseos, uno a cada lado, cada uno del tamaño aproximado de una moneda de dos euros. Ponte la mano bajo una nalga y aprieta: notarás la punta de hueso.
El respaldo no cambia nada de eso. Por eso seguía recolocándome cada veinte minutos en una silla que, sobre el papel, lo tenía todo.