El abuelo ya no venía: no era la edad

ABUELOS LEJOS

Mi padre ya no podía hacer 550 kilómetros para ver a sus nietos. Mi hijo de siete años entendió por qué antes que nadie.

Si tu padre o tu madre ya no aguantan el viaje para venir a ver a los nietos, lee esto antes de echarle la culpa a la edad. A la hora, el asiento del coche ya está aplastado y casi todo el peso se queda en dos huesos y en el coxis. No es la edad: es dónde van sentados.

Lo que lleva ahora mi padre en el asiento: un cojín de gel en panal que no se aplasta. 2 por 39,90 € en total, uno para el coche y otro para el sillón, con 60 días de garantía. Ver la oferta →

Mi padre bajándose del coche delante de casa, después de 550 kilómetros

Mi padre no sabía que había escrito aquello en Facebook. Ahora lo sabe, y dice que lo de la niebla me lo podía haber guardado.

Conté lo del dibujo de Mateo y lo de aquel cumpleaños. No me esperaba lo que vino después: mensajes de hijas de toda España, con un padre o una madre lejos. Y de abuelos, muchos abuelos, que hacen kilómetros por sus nietos y ya no pueden más. Casi todos preguntando lo mismo:

«¿Qué cojín es?»

Aquí va la historia entera. Lo que probamos y lo que nos gastamos, lo que me explicó Inma, la enfermera del barrio de mis padres, y lo que el cojín no hace. Y cómo siguió todo, porque en un post no cabía.

Tres timbrazos al telefonillo

Mi padre tiene 71 años. Panadero jubilado, en Úbeda, provincia de Jaén. Cuarenta y dos años delante del horno, con el despertador a las tres de la mañana.

Yo me vine a Valladolid a los 26, por trabajo. Aquí me casé y aquí nacieron Lucía, que ahora tiene diez años, y Mateo, que tiene siete.

Desde que nació Lucía, mi padre subía una vez al mes. 550 kilómetros: la A-4 hasta Madrid y luego la A-6. Salía a las cinco de la mañana, solo, porque mi madre, con sus rodillas, ya no aguanta el viaje. El maletero siempre lleno: el aceite nuevo de la almazara en garrafa de cinco litros, los tarros de pimientos asados de mi madre y los ochíos que sigue haciendo él, envueltos en papel de estraza.

A las once, tres timbrazos al telefonillo. Siempre tres. Los niños bajaban las escaleras como locos y él, antes de quitarse la chaqueta, se sentaba en el suelo del salón. Un hombre de setenta años, con las piernas cruzadas, haciendo pistas para los cochecitos con los libros de mi estantería.

Nueve audios

Las cosas cambiaron poco a poco. Tan poco a poco que al principio ni me di cuenta.

Por el camino me mandaba dos audios. «Todo bien, estoy en Puerto Lápice». Y luego: «Pasando Madrid. Ve poniendo el café».

Luego pasaron a ser cuatro. Luego seis. La última vez conté nueve: uno desde cada área de servicio, uno cada hora. Y ya en Valdepeñas se le notaba la voz cansada.

Ya no llegaba a las once. Llegaba a las dos. Desde la ventana le veía bajarse del coche por partes: primero una pierna, luego la otra, una mano en el techo del coche. Se quedaba ahí doblado unos segundos antes de conseguir enderezarse. Las escaleras las subía parando en el rellano.

El primer día se lo pasaba en el sofá. Mateo le llevaba los cochecitos y él le decía: «Mañana, campeón. Mañana». Se quedaba dos días, y uno se le iba en recuperarse.

«Es la edad, hija. Setenta y un años son setenta y uno.»

Si los audios de tu padre también son cada vez más, si llega y se pasa el primer día en el sofá, sigue leyendo. Yo tardé más de un año en entenderlo.

La bufanda en la silla vacía

En diciembre tenía que subir al festival de Navidad de Lucía. Ella le había guardado el sitio en primera fila, con su bufanda encima. La noche antes llamó: «Hay niebla en Despeñaperros. No me veo con fuerzas».

No había niebla. Lo comprobé. Lucía cantó mirando una bufanda en una silla vacía.

En marzo Mateo cumplía siete años. El abuelo lo había prometido: «Allí estaré, campeón. Y llevo ochíos». La mañana de la fiesta, a las seis y veinte, me llegó un audio. Uno solo.

«No puedo, hija. Díselo tú al niño.»

Había salido a las cinco. No llevaba ni una hora de camino cuando, en Santa Elena, cogió la salida y dio media vuelta. Mi madre me lo contó días después: se quedó media hora sentado en el coche, en la cochera, antes de subir a casa.

Mateo se pasó el cumpleaños asomado a la ventana, con el gorrito de papel. Cada vez que sonaba el telefonillo, contaba los timbrazos. Uno. Dos. Nunca tres. La silla del abuelo, en la cabecera, se quedó vacía hasta la tarta.

«Le duele el coche»

Una semana después, su profe me dio un dibujo. «Mi familia». Los cuatro delante de casa. Y en una esquina, lejísimos, un coche azul con el abuelo dentro, con la boca triste. Debajo, con letras torcidas: «EL ABUELO NO VIENE PORQUE LE DUELE EL COCHE».

El dibujo de Mateo pegado en la nevera con el imán del limón

Me hizo gracia. Cosas de niños. Lo pegué en la nevera con el imán del limón y no volví a pensar en ello.

96 € en cojines y un coche nuevo casi comprado

Y eso que lo habíamos intentado todo.

Un cojín viscoelástico: 39 €. Al mes estaba aplastado.

El cojín con agujero de la farmacia: 32 €. «Con esto parezco un enfermo», y lo tiró al asiento de atrás.

Una funda de bolitas de madera, como las de los taxistas: 25 €. A las dos horas tenía las bolitas marcadas en los muslos.

Total: 96 € tirados en el asiento de atrás. Luego empezó a mirar coches nuevos. Me mandó la foto de un coche familiar en el concesionario: 21.900 €. «A lo mejor con unos asientos buenos aguanto».

El médico de cabecera le dijo: «A su edad, ¿qué quiere? Pare más a menudo». Y él paraba más a menudo. Nueve audios.

El puño de Inma en el asiento

En Semana Santa bajamos nosotros a Úbeda. Mi madre me llevó aparte en la cocina, mientras él dormía la siesta en el sofá: «Díselo a Inma. A mí no me hace caso».

Inma es enfermera a domicilio: veinte años en planta en el hospital y quince yendo de casa en casa. Media Úbeda ha pasado por sus manos. Durante treinta años le compró el pan a mi padre, cada mañana a las siete.

El domingo se pasó a tomar café. Vio a mi padre levantarse de la mesa apoyando una mano en el borde y le preguntó: «Paco, ¿cuántas horas te pasas sentado en el coche?».

«Cinco y media, si va bien.»

Dejó la taza. «Bajamos un momento». El coche de mi padre estaba aparcado delante de casa. Inma abrió la puerta del conductor y apretó el puño contra el asiento. Se hundió casi hasta el hierro.

Inma, enfermera a domicilio, aprieta el puño contra el asiento del coche de mi padre

«¿Ves? Espuma de quince años. A la hora ya está aplastada y tu padre va sentado sobre el hierro. Todo el peso se va a dos huesos y al coxis, y los músculos de la cadera trabajan todo el rato para mantenerlo derecho. Cinco horas así y te bajas hecho polvo. Con treinta años o con setenta.»

Y luego, la frase que no se me ha olvidado:

«No es la edad. Es dónde va sentado.»

Pensé en el dibujo de la nevera. «Le duele el coche». Mateo lo había entendido en marzo. Yo había tardado un año.

El audio de Inma

Esa noche Inma me mandó un audio largo para explicármelo mejor. Lo he transcrito, porque muchas me lo habéis pedido:

Inma · Úbeda · enfermera a domicilio

«A ver, te explico. Cuando estás sentado, casi todo el peso cae sobre dos huesos de la pelvis, los isquiones, y sobre el coxis. La espuma cede justo ahí: a la hora está aplastada y debajo de esos huesos ya no queda nada. En el sofá te levantas. Al volante no: aprietas los dientes y aguantas, y los músculos de la cadera y de la espalda se pasan cinco horas trabajando para sujetarte. A muchos les empieza a tirar también por detrás del muslo. Por eso se baja doblado.»

«A mis pacientes que pasan muchas horas sentados no les pongo espuma blanda: busco superficies que repartan el peso por todo el asiento. Para el coche hace falta gel en panal de verdad, no espuma con una capita de gel. Y haz la prueba del puño: si aprietas y se queda el hueco, no sirve.»

«Yo lo llevo en el coche desde hace tres años, cien kilómetros al día. Pónselo y no le digas nada.»

El efecto «asiento aplastado», en 4 pasos

  1. Te sientas y la espuma cede, sobre todo debajo de los dos huesos en los que te sientas y debajo del coxis.
  2. A la hora ya está aplastada: entre el hueso y la base del asiento casi no queda nada.
  3. El peso se queda en los mismos dos o tres puntos, kilómetro tras kilómetro, y la cadera trabaja para mantenerte derecho.
  4. En casa te levantarías. Al volante aguantas hasta la siguiente área de servicio. Y luego hasta la siguiente. Nueve audios.

Más espuma no lo arregla. Hace falta algo que reparta el peso por todo el asiento.

La próxima vez que vayas a ver a tus padres, haz la prueba en el asiento de su coche: apoya el puño y échale todo el peso del cuerpo. Si notas la base dura debajo, eso es lo que nota él a la hora.

El cojín que pedí desde la cama de cuando era pequeña

Ese domingo, antes de irse, Inma me había llevado también a su coche. En el asiento del conductor estaba el cojín.

El cojín de gel en panal en el asiento del coche de Inma

Es el cojín de gel en panal de Covexia. Una plancha de gel azul clarito, casi transparente, llena de celdillas hexagonales abiertas, como un panal. 40 × 35 cm y 2,5 cm de grosor: en el coche, el asiento apenas sube.

Inma apretó el puño encima y el gel no se hundió: las paredes de las celdillas se doblan hacia los lados y pasan parte del peso a las de alrededor. El peso se reparte por todo el asiento en vez de clavarse en dos huesos. Sueltas, y vuelve a su forma al momento.

Lo pedí esa misma noche, sentada en la cama de cuando era pequeña. Estaba en oferta: 2 cojines por 39,90 €, con 2 fundas lavables y una guía, todo de regalo. Los dos juntos, menos de la mitad de lo que habíamos tirado en cojines.

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Y te lo digo ya: no es blando. Al principio parece duro. Por eso funciona.

Las celdillas están abiertas, así que el aire pasa: en agosto, en el coche, se agradece. Y cada cojín va con su funda lavable, con base antideslizante, para que no se escurra al subir y bajar del coche.

Tres timbrazos

A mi padre no le dije nada. A mi madre solo le dije: «La noche antes de que salga, pónselo en el asiento. Y no le digas nada».

El primer sábado de mayo volvió a salir. A las cinco. Yo tenía el móvil en la mano desde las cinco y cuarto.

El primer audio llegó a las siete menos diez: «Estoy en Puerto Lápice. ¿Qué es este invento del asiento? ¿Cosa de tu madre?». El segundo, desde Madrid. Dos audios. Como antes.

A las once y veinte, desde la ventana, vi el coche azul. Mi padre se bajó de una pieza y abrió el maletero: el aceite, los pimientos, los ochíos. Luego, el telefonillo. Mateo se quedó clavado en mitad del pasillo. Uno. Dos. Tres.

«¡ES ÉL!»

Subió los dos pisos andando, con los tarros en brazos, sin parar en el rellano.

Mi padre se baja del coche de una pieza, con el cojín en el asiento

Y antes de quitarse la chaqueta se sentó en el suelo del salón. Con las piernas cruzadas. «¿Qué, campeón? ¿Hacemos esa pista o no?»

El abuelo otra vez sentado en el suelo del salón, con Lucía y Mateo

Yo estaba en la puerta de la cocina, con el trapo en la mano, y no me salían las palabras. Me miró desde el suelo y me guiñó un ojo: «¿La edad? ¡Qué edad ni qué ocho cuartos!».

El segundo dibujo

Desde mayo ha subido cuatro veces más. En junio, para el fin de curso de Lucía. En julio, sin motivo, «porque me apetecía». Y a finales de julio se volvió a Úbeda con Mateo en el coche: 550 kilómetros, abuelo y nieto, «un viaje de hombres». Dos audios. En el segundo, de fondo, Mateo cantando.

El dibujo de marzo sigue en la nevera. Pero al lado, ahora, hay otro: el abuelo en el suelo con nosotros y el coche azul aparcado abajo, sonriendo. En el asiento, Mateo ha pintado un cuadradito azul.

Lo que probamos, comparado

Viscoelástico o cojines «con gel» Cojín con agujero o funda de bolitas Gel en panal Covexia
¿Se aplasta a la hora? Sí, y el hueco se queda El de agujero, sí; las bolitas se marcan en los muslos No: las celdillas se doblan hacia los lados
¿Adónde va el peso? A los dos huesos y al coxis Al borde del agujero o a las bolitas Se reparte por todo el asiento
¿Cuánto sube el asiento? Mucho, y luego se hunde Bastante 2,5 cm, firme
¿Da calor en verano? Guarda el calor El de agujero, sí Celdillas abiertas: pasa el aire
¿Se mueve en el coche? A menudo Sí Funda con base antideslizante
Lo que pagamos 39 € 32 € y 25 € 19,95 € por cojín (2 por 39,90 €)
Garantía La de la tienda La de la farmacia 60 días
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Lo que el cojín no hace

Te lo digo claro, porque ya habrás oído bastantes promesas.

Un cojín no cura nada. No quita un dolor que tenga otra causa y no sustituye al médico: si a tu padre le duele también cuando no conduce, que le vean.

Tampoco hace que nadie conduzca mejor ni más seguro. Si hay sueño o cansancio, se para. Siempre. Mi padre sigue parando: una vez en Puerto Lápice para el café y otra en Madrid. No cada hora.

Lo que hace es otra cosa: que no se pase cinco horas sentado sobre el hierro.

El segundo cojín está en su sillón

En la caja venían dos. El primero va en el asiento del coche. El segundo, mi madre se lo puso a mi padre en su sillón, el de ver la tele, donde ve el fútbol los domingos y sufre con el Real Jaén.

«Las horas sentado no se acaban al apagar el motor», dijo ella. Tenía razón.

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Si en 60 días no te convence, te lo recogen y te devuelven el dinero.

Lo que de verdad me hizo pedirlo

No fue el precio. Fueron los 60 días.

Después de tres cojines inútiles ya no me fiaba de nada. Aquí no me pedían que me lo creyera: me daban 60 días para probarlo en el coche de verdad, en los 550 kilómetros de verdad. Si no te convence, te lo recogen y te devuelven el dinero.

Me dije: si a papá no le sirve, lo devuelvo y aquí no ha pasado nada.

Han pasado cinco meses. No lo he devuelto.

Lo que cuentan otras hijas (y otros abuelos)

★ 4,8 sobre 5 · 734 opiniones verificadas · Más de 15.000 clientes

★★★★★

«Mi padre tiene 74 años y viene de Almería a Zaragoza en coche para ver a los nietos. Últimamente paraba a dormir a mitad de camino. Le mandé el cojín a casa sin decirle nada. La última vez llegó para comer.»

Nuria T., Zaragoza

★★★★★

«El abuelo soy yo. 72 años y casi 600 kilómetros para ver a mis nietas en Bilbao. Pensaba que un cojín era una tontería. En el primer viaje me tuve que tragar mis palabras.»

Antonio L., Cáceres

★★★★★

«Lo pedí para mi padre y el segundo me lo quedé yo para la silla de la oficina. Ahora mi hermana quiere el tercero.»

Marta R., Logroño

★★★★☆

«En su utilitario el asiento es estrecho y el cojín sobresale un poco por los lados. Con la funda no se mueve y no da calor. Le quito una estrella por la medida, pero mi madre ya no lo saca del coche.»

Elena D., Murcia

Dos caminos antes de la próxima visita

✕ Camino 1: esperas.

En el próximo viaje, él vuelve a sentarse sobre el hierro. Los audios vuelven a ser nueve. Y en el próximo festival, o en el próximo cumpleaños, vuelve también la niebla en Despeñaperros.

✓ Camino 2: lo pruebas 60 días.

Pides los dos cojines y los mandas a casa de tus padres. Uno en el asiento del coche, otro en el sillón. No le explicas nada. Le dejas conducir. Si en 60 días no te convence, te lo recogen y te devuelven el dinero.

Yo esperé a ver la silla vacía en la cabecera. Tú no tienes por qué.

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Lo que me habéis preguntado

¿Sube mucho el asiento?

Son 2,5 cm. Mi padre bajó el asiento un punto y recolocó el retrovisor. Al segundo día ya ni se acordaba.

¿Se mueve en el coche?

Sin funda, sobre la tapicería, puede moverse un poco. Por eso cada cojín va con su funda, con base antideslizante: mi padre sube y baja del coche diez veces al día y el cojín no se mueve de su sitio.

Funda del cojín con base antideslizante

¿Da calor en verano?

Las celdillas están abiertas y el aire pasa. En Jaén, en agosto, en el coche, la espuma es una estufa. Con el gel, este verano mi padre no se ha quejado ni una vez.

¿Sirve también para el sillón de casa?

Sí. Es una plancha plana de 40 × 35 cm: va en el asiento del coche, en el sillón y en la silla de la cocina. El segundo, en casa de mis padres, ya no se ha movido del sillón.

¿Puedo mandarlo directamente a casa de mis padres?

Sí. Al hacer el pedido, pon su dirección como dirección de envío. El envío es gratis y con seguimiento, y el número para seguirlo te llega a ti. Yo lo hice así.

¿Se aplasta con el tiempo?

No te puedo decir cómo estará dentro de diez años. Lleva desde mayo en el asiento de mi padre, con más de cinco mil kilómetros de autovía, y sigue igual: aprietas, sueltas y vuelve a su forma.

¿Cómo funciona la garantía de 60 días?

Tienes 60 días desde que lo recibes. Si no es para ti, escribes a atención al cliente con tu número de pedido, te lo recogen gratis y te devuelven el dinero.

P.D. Mi padre también ha leído esta página. Solo me ha pedido que quite una cosa: la media hora en la cochera. No la he quitado.

Si tu padre ha empezado a decir «es la edad» y los audios desde la autovía son cada vez más, pónselo en el asiento del coche. No le expliques nada. Déjale conducir. En diciembre el mío sube al festival de Lucía: la harina para los ochíos ya está comprada.

Fabiana

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